Una noche con Manuel Jabois - BeCooltural

17 Sep 2019 | 20:00h

Pocos planes han suscitado tal furor como el que protagonizó Manuel Jabois. Los artículos del periodista gallego, colaborador de El País y la Cadena Ser, son objeto de culto para muchos. Y es que nuestro invitado, más que seguidores, tiene fieles.

Al natural no defrauda. Tiene ese aire de ‘no acabar de enterarse del interés que despierta’ que resulta infalible. Le acompaña su otra mitad, en la vida y en las redes, Gabriela (coautora del perfil de IG @malaherba__, del que Jabois ha tomado prestado el título para su libro).

Llega algo apurado; ha tenido un día movidito. Su editor le llama minutos antes de empezar la charla. Está esperando su columna. Después de la charla, tiene que salir zumbando para la radio.

Se toma una copa y algunos se le acercan. Acaba de publicar Malaherba (Alfaguara) y va ya por la 6ª edición. El mar de fondo, la arena y su libro en las rodillas han sido una de las instantáneas más recurrentes de este verano en las redes sociales.

Abrimos fuego. La pregunta del millón. Cuánto hay de autobiográfico en la novela. Jabois se arranca: “Todo el mundo quiere saberlo porque habla de un niño de 11 años que descubre el sexo. [Risas]. Con otro niño. Es una pregunta morbosa y que merece una respuesta morbosa que no puedo dar. Pero bueno, hay pasajes evidentemente autobiográficos. Lo que sí es autobiográfico enteramente son las emociones, el placer, la definición del orgasmo que hay en el libro es la que yo recuerdo aproximadamente a esa edad. Tambu está todo lo lejos que puede estar de mí en cuanto a circunstancias familiares, sociales, toda la historia es inventada, hay una ficción radical en todo…, sin embargo, hay más verdad en este libro que en Manu (libro que relata su experiencia con la paternidad). El problema… El problema no, la solución es que esa verdad está diluida en tantos personajes y en tantas situaciones que yo sé cuánto hay de mí, pero el lector no lo sabrá”.

Queremos saber por qué Malaherba se anuncia como su debut en la ficción cuando ya había escrito una primera novela (A estación violenta. Ed. Morgante). Una novela que escribió en gallego y publicó en 2008. Jabois nos confiesa que llegó a prohibir su reedición, y que ahora se arrepiente. “Fue escrita con un estilo que tenía entonces, que no tengo ahora, me leo y me horrorizo… El lenguaje era absurdamente barroco. Pero, en cualquier caso, es mi obra. Y me arrepiento, primero, de haber dejado un poco de lado el desmentir generalmente que se trate esta de mi primera novela. Ahora lo hago, desde hace un par de meses, porque, al fin y al cabo, es parte de lo que eres. Y, desde luego, si no hubiese escrito tan mal entonces a lo mejor estaba escribiendo mal ahora. [Risas]. Que no quiere decir que escriba bien, pero entonces escribía rematadamente mal’’.

Malaherba es un libro de primeras veces… “Porque no vuelven a repetirse. A mí eso me parece una desgracia y me obsesiona un poco. Todo el mundo habla de la vez que perdió la virginidad. Está muy guay, supongo, pero yo recuerdo perfectamente que siendo niño hice manitas con una niña que estaba sentada delante de mí. No lo voy a olvidar nunca, era una forma de acariciarte las manos, como ‘no nos está viendo nadie, esto es absolutamente secreto, pertenecemos a dos especies enemigas’. Y entonces encendieron las luces y yo pensaba ‘no puedo volver a ver a esta niña en la vida’. Y ella también súper avergonzada. Y recuerdo ese tránsito, ese cruzar la frontera. Este libro habla mucho de la frontera, sobre todo de una mucho más grave: la que hay entre la niñez y el mundo adulto’’.

Qué importantes son las primeras frases, el inicio de una novela… Malaherba tiene un comienzo impactante. “Tiene un defecto la primera frase, que es que luego la segunda tiene que ser mejor que la primera. De hecho, escribí esa frase y me gustaba mucho, pero no sabía qué hacer con ella. Me lo tomé como un jeroglífico. Dije ‘¿cómo se sale de aquí? -se sale solo haciendo trampas, evidentemente, porque si no, no tiene sentido-, pero entonces pensé ‘si es la voz de un niño, esa trampa está justificada, ¿no?’. A un adulto, a lo mejor, no se le escapa si alguien está muerto o no, pero a un niño se le puede escapar tranquilamente y pensar que ha muerto. Y a partir de ahí empecé a escribir’’.

El libro está lleno de elipsis, cosas que no se mencionan, pero que marcan la trama. La droga, por ejemplo. “En Pontevedra, lo primero que teníamos que hacer para jugar al fútbol era apartar las jeringuillas. Los parques eran a partir de las nueve de la noche el lugar de los yonquis. La zona vieja, los cascos antiguos, ahora tan celebrados, con razón, llenos de terrazas, llenos de niños… Entonces eran lugares muy peligrosos, por lo menos en mi ciudad, y en Vigo también, y ciudades muy muy relevantes tenían esas zonas perdidas, entre otras cosas, porque había muchísimos drogadictos. Y tú exactamente no sabías muy bien, sobre todo cuanto más cerca estaban de tu entorno, de tu casa. Había una cantidad de eufemismos tremenda para describir todo eso. Y el niño, narrándolo desde esa perspectiva, da las pistas suficientes’’.

Cambiamos de tercio e intensidad. Nos cuenta que había visto una lectora, en la cafetería del tren, leyendo su libro. Se quedó un rato mirando, disimuladamente, para ver qué cara ponía. Por supuesto, no le dijo nada, porque es tremendamente vergonzoso. Pero nos recuerda, entre risas, la historia de Martin Amis que se encontró también con una persona leyendo su libro -lo cuenta en sus memorias- y  que como estaba empezando su carrera literaria no le dijo nada porque creía que se iba a encontrar mucha más gente a lo largo de su vida leyendo sus libros. Pero no volvió a ocurrirle nunca jamás. “Y siempre lo llevó clavado. Joder, la única persona, mi único lector que vi en mi vida y no le dije nada…’’.

Le preguntamos por qué suele decir que tiene mirada de periodista, y no de novelista. “Es una mirada de 24 horas. Es decir, de estar por la calle, de estar aquí y estar pensando ‘¿cómo voy a contar esto, cómo puedo contar esto yo de alguna manera, cómo puedo incrustar esto en alguna historia, en algún reportaje, en un artículo, qué puedo sacar de aquí?’. Por ejemplo, paseo mucho, camino mucho, que es cuando se me ocurren las cosas, y pienso en ideas de reportajes, en ideas de crónicas, pienso en lo que está ocurriendo y cómo lo contaría yo. Puedes contarlo en una novela tranquilamente, pero yo pienso automáticamente cómo contarlo en un periódico, en una revista, hasta en Instagram, si la cosa es así un poco graciosa’’. A nosotros, desde luego, nos parece que tiene las dos.

Mientras escuchamos absortos cómo diserta sobre la verosimilitud a la que aspira cuando escribe y la verdad que encierran las grandes historias de ficción, de pronto nos damos cuenta de que nos hemos metido tanto en la conversación que todavía no hemos dado la palabra al público. Se nota al instante que la gente tiene ganas de preguntar. Aunque antes se deshacen en elogios con el invitado: destacan su frescura, el imán que posee, lo comparan con Hemingway y Salinger…

Se habla de fútbol -Jabois es un declarado madridista y ha escrito con mucha pasión sobre el tema-, de la conexión entre deporte y literatura, de su amistad con Javier Aznar y el pocos meses después tristemente fallecido David Gistau -al que reconoce deber su entrada en El Mundo-, de recuerdos infantiles, de hábitos lectores… Nos explica por qué Malaherba es un libro que es mejor leer de un tirón y conocemos su columna favorita (‘‘Lage Carreira, Vanessa’’) y la que más repercusión ha tenido (‘‘Hay más cuernos en un ‘buenas noches’’’, por la que muchos lectores le escribieron como si de un consultorio sentimental se tratase).

También hay tiempo para recomendaciones literarias, donde queda claro que ha tenido un verano muy productivo en lo que a lecturas se refiere: Infamia, de Ledicia Costas (Ed. Destino); ¡Me cago en Godard!, de Pedro Vallín (Arpa); la biografía del Che de Jon Lee Anderson (Anagrama); Un corazón demasiado grande, de Eider Rodríguez (Random House), Tierra de mujeres, de María Sánchez (Seix Barral)… Hasta para confesiones: con 16 años publicó su primer (y seguramente último) libro de poesía, Como una linterna apuntando al sol, que incluía un poema titulado ‘‘Satidruol’’, que era el nombre de su novia al revés: Lourditas.

Y paramos no porque queramos irnos ni mucho menos, sino porque ya casi nos están echando y sabemos que va a haber cola para que Jabois firme ejemplares de su libro, no sin antes dar las gracias al hotel Only YOU, a Oinoz, a Fever-Tree, a Bonilla a la Vista, a Cervezas 1906 y a todos los asistentes.

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